EL ÁRBOL DE TARAMUNDI

Aura / Javier Tazón volver

 Hace mucho, mucho tiempo, en la aldea de Taramundi, al norte de la península de Sefarad, vivió un anciano de luengas barbas grises y ojos profundos,  al que todos conocían como el Sabio. Su prestigio era tan grande que cada vez más y más gente acudía a él para pedir consejo y solución a sus muchos problemas.

 Pero el Sabio no comprendía cómo los habitantes de aquella hermosa cordillera podían tener tantos conflictos y diferencias. Le entristecía verlos  increparse por el simple hecho de hablar lenguas distintas, o amenazarse con los puños a causa de unas extrañas líneas que denominaban “fronteras”.

 Y su tristeza creció a la par que su fama, hasta que ya no fue capaz de soportarlo por más tiempo y decidió poner remedio a toda aquella sinrazón.

 Con todas las cosas bellas del mundo, preparó la pócima de la alegría y la vertió en el hueco que tenía un pequeño manzano que había junto a su cabaña. De inmediato, el árbol empezó a crecer y a extender sus raíces en todas las direcciones, horadando el suelo del norte de Sefarad y llegando, dicen, a cruzar el istmo.

 Y de las raíces brotaban nuevos manzanos cargados de fruta y, cuando las gentes comían de ella, eran invadidas por una inexplicable felicidad que los impulsaba a reír y a abrazar a sus vecinos, sin importarles el idioma ni las fronteras.

 Cada amanecer, el Sabio alimentaba el árbol de Taramundi con la pócima de la alegría y los moradores del norte de Sefarad, agradecidos, le llevaban nueces, queso e hidromiel, cantando y bailando a su alrededor.

 Pero la armonía y la dicha no gustaban a todos. En una profunda caverna, a la orilla de un lago subterráneo, vivía el Hydromante, que por medio de las aguas hablaba con los diablos y los muertos. Al Hydromante le enfurecía que las personas fueran bondadosas y joviales, pues la felicidad espantaba a los demonios, que no acudían a sus invocaciones por temor a contagiarse de la virtuosidad reinante en la superficie y ser expulsados del averno.

 Por eso el Hydromante salió de su escondite y raptó al anciano Sabio, arrastrándolo consigo a las profundidades. Allí, entre siete columnas de agua en el centro del oscuro lago, quedó encerrado el Sabio y, con él, el secreto de la pócima de la alegría.

 En el exterior, los habitantes del norte de Sefarad buscaron por doquier al Sabio, sin éxito. El árbol de Taramundi se fue secando y sus raíces se contrajeron, asfixiando los manzanos que habían brotado de ellas. Y los problemas empezaron. Los pueblos se culparon unos a otros de la desaparición del Sabio y de las pumaradas y, cegados por las viejas rencillas, durante tanto tiempo olvidadas, se enzarzaron en una cruenta guerra que asoló la cordillera.

 Bajo la tierra, el Hydromante conversaba con los demonios y los usaba para acrecentar su poder sobre aquellas gentes, manejándolas a su antojo. El pobre Sabio lloraba en su prisión, impotente, no pudiendo hacer otra cosa que intentar convencer con buenas palabras al Hydromante. Pero éste se burlaba siniestramente, mostrándole el odio que inundaba las verdes montañas.

 Sin embargo, es sabido que los diablos cobran un alto precio por su ayuda, y un día le dijeron al Hydromante que su tiempo se acababa y pronto iba a tener que acompañarles a los infiernos. El Hydromante se asustó, pues no quería marchar aún, y buscó ansiosamente entre sus libros cómo elaborar el brebaje de la vida eterna.

 El Sabio, que lo observaba, tuvo una idea y le gritó: “¡Nunca encontrarás esa fórmula, porque sólo yo la conozco!” El Hydromante, dubitativo y desconfiado, se le acercó. “¿Me la darás?”, dijo. “Por supuesto que no”, contestó el Sabio, “pues si te la diera ya no me necesitarías y entonces serías capaz de matarme; pero estoy dispuesto a prepararte el bebedizo, a condición de que me liberes y restaures la concordia en el norte de esta península”.

 El Hydromante aceptó, pues no tenía nada que perder y, además, no solía cumplir sus promesas ni tenía intención de hacerlo esa vez. Sacó al Sabio de su encierro y le proporcionó los ingredientes que éste le fue pidiendo.

 Pero el Hydromante no se dio cuenta de que, en la marmita del Sabio, no estaba en ebullición el brebaje de la vida eterna, sino la pócima de la alegría.

 Cuando la poción estuvo lista, el Sabio ofreció un cazo al Hydromante para que bebiera, pero éste, receloso, le obligó a probarlo primero. El Sabio dio un largo sorbo y el Hydromante, al comprobar que no le ocurría nada anormal, libó con avidez hasta casi vaciar la puchera. Desafiante, bramó: “¡Soy inmortal! ¡Os he vencido, demonios, y ahora dominaré el mundo!”

 Mas, cuál fue la sorpresa del Hydromante cuando notó un extraño cosquilleo que, desde el vientre, le subía hacia la cabeza y los brazos y le bajaba hasta los dedos de los pies. Toda la maldad de su sangre había empezado a hervir al empaparse con la pócima de la alegría y el Hydromante estalló en una gran carcajada que hizo temblar la cueva y encresparse el negro espejo del lago.

 El Hydromante jamás se había reído con tantas ganas. En realidad, el Hydromante no sabía lo que era la risa. Rió y rió sin poder parar, tanto, que comenzó a hincharse hasta que no cupo en la caverna y acabó explotando en una infinidad de diminutas burbujas de agua.

 El Sabio las recogió y las añadió a la pócima de la alegría, regresó a su cabaña y decantó el filtro en el hueco del árbol marchito. Al momento el árbol de Taramundi floreció y, con él, las raíces que se extendían por todo el norte de Sefarad, los manzanos que de ellas brotaban y la felicidad de las gentes.
 Entonces el Sabio pidió a todos que escucharan con atención. Aguzaron los sentidos y pudieron oír una una incontenible hilaridad, una carcajada continua que provenía de las manzanas. Eran las burbujas en que se había transformado el Hydromante.

 De este a oeste, a lo largo y ancho de la cordillera del norte de Sefarad, sus habitantes desearon contagiarse de la risa del Hydromante, así que recogieron las manzanas, las trituraron, fermentaron el jugo y, al llegar la primavera, abrieron las botellas en medio de grandes fiestas.

 Y, al elevar las botellas por encima de sus cabezas y escanciar el líquido,  el Hydromante saltó riendo de vaso en vaso y salpicando a todos con infinidad de gotas. Y así vivió a partir de entonces, hermanando a los pueblos, convertido en sidra.

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